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UN PAÍS QUE CUENTA DESAPARECIDOS Y ACUMULA SILENCIOS

  • Foto del escritor: Observatorio Psicocriminal
    Observatorio Psicocriminal
  • 25 ago
  • 2 min de lectura

Por: Mario Soulé Pérez

CRIMINÓLOGO


En México no sólo desaparecen personas. También desaparece la capacidad de asombro. Se diluye la indignación entre el ruido de la política, los titulares fugaces y la rutina de quienes hemos aprendido a continuar mientras alguien más se queda esperando. Quizá esa sea la tragedia más silenciosa: que el horror deje de escandalizarnos y comience a parecernos normal.


La desaparición dejó hace mucho de ser una excepción. Es una grieta abierta que atraviesa al país entero, una herida que se niega a cicatrizar porque todos los días se vuelve a abrir. Las cifras aumentan año tras año, pero los números tienen la mala costumbre de ocultar rostros. Detrás de cada registro hay una silla vacía, una habitación intacta, una madre que no duerme y una pregunta que el Estado no sabe —o no quiere— responder: ¿dónde están?


Porque la desaparición no es solamente la ausencia física de una persona. Es la condena a una espera interminable. Es vivir entre la esperanza y el miedo, entre la posibilidad del regreso y el temor de la peor noticia. Quien desaparece deja de habitar el mundo cotidiano, pero comienza a ocupar cada rincón de la memoria. Y quienes se quedan, quedan también atrapados en un limbo donde el duelo no puede comenzar porque la verdad nunca llega.


Mientras las instituciones elaboran informes y administran discursos, las familias hacen el trabajo que nadie quiso hacer. Con una pala en las manos y el corazón desgastado, las madres buscadoras recorren desiertos, cerros y fosas clandestinas. Buscan restos donde otros enterraron la verdad. Buscan nombres donde el poder sólo ve expedientes.


Qué amarga paradoja: en un país que presume instituciones sólidas, son las madres quienes han tenido que enseñarle al Estado a buscar. Ellas no exigen homenajes ni reconocimientos; exigen algo mucho más incómodo: justicia.


Pero la desaparición no surgió de la nada. Se alimenta de la corrupción que compra silencios, de la impunidad que convierte el delito en costumbre, de la desigualdad que hace que algunas vidas parezcan valer menos que otras y de una violencia institucional que, por acción u omisión, permite que miles se desvanezcan sin dejar rastro.


Lo más aterrador no son las fosas clandestinas. Tampoco las estadísticas que crecen sin descanso. Lo verdaderamente aterrador es acostumbrarse a ellas. Es aceptar que haya madres buscando a sus hijos mientras el resto del país continúa con su rutina. Es mirar una ficha de búsqueda y pasar a la siguiente publicación. Es convertir la tragedia en paisaje y el dolor ajeno en ruido de fondo.


Cada hallazgo debería sacudir a la sociedad entera, pero hemos aprendido a convivir con el horror. La violencia ya no irrumpe en nuestra cotidianidad; se ha instalado en ella.


Quizá ahí radique la derrota más profunda: no en que desaparezcan personas, sino en que desaparezca nuestra capacidad de indignarnos. Porque un país no se rompe únicamente cuando pierde a sus hijos; también se rompe cuando aprende a vivir sin buscarlos. No, México no está roto: México está siendo roto todos los días por quienes desaparecen personas y por quienes han aprendido a convivir con ello. Esa es la verdadera tragedia y también la vergüenza nacional.

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