INFANCIAS EN MODO SUPERVIVENCIA: UNA MIRADA A LA OMISIÓN DE CUIDADOS
- Observatorio Psicocriminal
- 23 jun
- 2 min de lectura
Actualizado: 17 ago
Por: Leida Lila lozano Ramírez
PSICÓLOGA
Casos como los de “Vicentito”, “Calcetitas Rojas”, “La pequeña Isidora” en Santiago de Chile o “Ángel” en Zacatecas han visibilizado problemáticas relacionadas con omisión de cuidados y maltrato infantil. Más allá del impacto mediático o del señalamiento social, estos casos invitan a reflexionar como sociedad, como madres, padres, cuidadores y adultos “responsables” sobre la idea de que tener hijos no solo implica traer vida al mundo, sino sostenerla emocional, física, moral y afectivamente.
Surgen entonces preguntas incómodas pero profundamente humanas: ¿para qué tenemos hijos?, ¿los traemos al mundo para acompañarlos o para que aprendan a adaptarse solos?, ¿qué necesita realmente un niño además de comida y escuela?, ¿cuántas heridas emocionales nacen de ausencias disfrazadas de “estoy haciendo lo mejor que puedo”?, ¿qué ocurre cuando un niño, niña o adolescente aprende primero a sobrevivir antes que a sentirse amado o amada?
La omisión de cuidados no siempre es extrema o evidente. Muchas veces aparece en la invalidación emocional, la falta de escucha, la ausencia afectiva, la exposición constante a violencia o en priorizar todo menos el bienestar emocional del menor. La infancia no debería convertirse en una etapa de supervivencia. Sin embargo, dentro de la práctica psicológica es frecuente encontrar adultos que viven con ansiedad constante, culpa excesiva, miedo al abandono o dificultad para relacionarse, y que al explorar su historia descubren una infancia donde emocionalmente estuvieron solos.
John Bowlby explicaba que el apego inseguro impacta profundamente la manera en que una persona construye vínculos y percibe su propio valor. Donald Winnicott hablaba de la necesidad de un ambiente suficientemente seguro para el desarrollo emocional sano. Cuando ese sostén falla, muchos niños dejan de vivir la infancia y comienzan únicamente a sobrevivirla.
El cerebro de un niño expuesto constantemente al miedo, al abandono o a la tensión aprende a permanecer alerta. Desde la psicología del trauma, muchos menores desarrollan mecanismos de defensa que años después pueden convertirse en ansiedad, depresión, dependencia emocional, conductas autodestructivas o dificultades severas para relacionarse. Así crecen adultos que nunca aprendieron a descansar emocionalmente porque desde pequeños tuvieron que prepararse para el peligro, el rechazo o el abandono.
Desde la criminología contemporánea se reconoce que las experiencias adversas en la infancia impactan el desarrollo emocional, cognitivo y social del individuo. Algunos perfiles relacionados con violencia, impulsividad, consumo de sustancias o conductas autodestructivas presentan antecedentes de infancias profundamente vulneradas. Esto no significa justificar conductas dañinas, sino comprender que muchas formas de violencia tienen raíces tempranas y contextos afectivos fracturados.
Los hijos e hijas no necesitan adultos perfectos, sino adultos responsables, presentes y emocionalmente disponibles. Criar no es únicamente alimentar un cuerpo, sino sostener una mente, un corazón y una historia que apenas comienza. Entonces surge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿estamos criando desde el amor consciente o desde nuestras propias heridas no resueltas?
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