EL AMARILLISMO VENDE, PERO NOS QUITA LO HUMANO
Por: Manjuamad Robles Samantha Sachiñas Robles
COMUNICÓLOGA
Vivimos en un mundo tan acelerado que no solo el tiempo parece esfumarse; en ocasiones, también lo hace el sentido común. El amarillismo no es un fenómeno nuevo. En 1896, Joseph Pulitzer, considerado uno de los grandes impulsores de la prensa moderna, comprendió que los medios de comunicación también eran un negocio. Desde entonces, la necesidad de atraer audiencias ha convivido con la responsabilidad de informar.
Hoy, esa lógica ha evolucionado. A través de un dispositivo electrónico podemos acceder, producir y compartir información en cuestión de segundos. La búsqueda de un mayor alcance, más reproducciones o más interacciones ha convertido el contenido sensacionalista en un riesgo para la sociedad.
Una fotografía, un video o un audio compartidos fuera de contexto pueden modificar por completo la percepción de un hecho y afectar la vida de las personas involucradas.
El problema no es que exista información seria o periodismo responsable; ambos siguen presentes. El reto es que, en muchas ocasiones, estos contenidos compiten con publicaciones diseñadas para generar un impacto inmediato. En una dinámica donde todo debe consumirse en menos de un minuto antes de deslizar la pantalla, el análisis suele perder terreno frente al morbo.
Esta realidad puede observarse en cualquier parte del mundo y, por supuesto, Zacatecas no es la excepción. La violencia que ha vivido nuestro estado, sumada al crecimiento de las redes sociales y al uso cada vez más frecuente de la inteligencia artificial, ha provocado que muchas personas asuman el papel de reporteros improvisados. Basta con grabar un video, tomar una fotografía o narrar lo que se escuchó para difundir una noticia, muchas veces sin verificar la información ni responder las preguntas básicas del periodismo. Desde la criminología, este fenómeno merece especial atención. La difusión irresponsable de hechos delictivos no solo modifica la percepción social de la inseguridad, sino que también puede revictimizar a quienes ya enfrentan una situación de violencia, estigmatizar a personas que aún no han sido declaradas responsables por una autoridad competente y alimentar prejuicios que terminan afectando la convivencia social.
No se trata de impedir que la ciudadanía documente lo que sucede. Al contrario, la participación social puede fortalecer la construcción de una sociedad mejor informada. Como profesionales de la comunicación, también tenemos la responsabilidad de promover una cultura de respeto por la privacidad, la dignidad y la ética.
Lo más preocupante es que hemos normalizado estas prácticas. Compartimos una publicación sin preguntarnos si vulnera derechos, comentamos una imagen sin pensar en las consecuencias y consumimos información como si se tratara de entretenimiento.
En una sociedad cada vez más rápida para compartir información, pero más lenta para reflexionar sobre ella, vale la pena recordar que comunicar con responsabilidad debe fortalecer nuestras relaciones humanas, contribuir a una cultura de paz y ayudarnos a comprender la realidad, no a deshumanizarla.
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