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ADOLESCENTES Y SU FÁCIL ACCESO AL TABACO

Foto del escritor: Observatorio Psicocriminal
Observatorio Psicocriminal
hace 6 días
2 min de lectura

Por: Juan Diego Barrios Valencia

CRIMINÓLOGO


Hablar del consumo de tabaco entre adolescentes obliga a mirar más allá de la decisión individual. En México, millones de jóvenes de entre 12 y 19 años han tenido contacto con el cigarro, mientras que las diferencias históricas entre hombres y mujeres fumadores se han reducido de manera considerable. El problema no es únicamente cuánto fuman, sino la facilidad con la que pueden conseguirlo.


Aunque la legislación prohíbe la venta de tabaco a menores de edad y establece restricciones para su comercialización, en la práctica todavía existen espacios donde estas disposiciones no se cumplen. La venta de cigarros sueltos, particularmente en comercios informales y puestos ambulantes, facilita que un adolescente pueda adquirirlos sin que su edad sea cuestionada. En ocasiones, quienes los venden desconocen las disposiciones legales; en otras, la necesidad de concretar una venta termina pesando más que la responsabilidad de proteger a los menores.


A ello se suma el entorno familiar. Hay adolescentes que reciben cigarros de familiares o conocidos, o que son enviados a comprarlos para adultos. Cuando existe confianza con el vendedor, la edad deja de ser un obstáculo. También está el acceso dentro del propio hogar: en familias donde fumar forma parte de la vida cotidiana, los cigarros pueden permanecer visibles y al alcance de los jóvenes.


La accesibilidad económica de un cigarro vendido individualmente agrava el problema. Lo que parece una compra pequeña puede convertirse en la puerta de entrada a una dependencia. La nicotina produce efectos estimulantes y placenteros, pero también genera dependencia y puede provocar que el organismo demande nuevamente su consumo. La exposición temprana incrementa el riesgo de mantener el hábito durante la vida adulta y de desarrollar enfermedades cardiovasculares, respiratorias y distintos tipos de cáncer.


Pero el inicio no ocurre únicamente por disponibilidad. La familia y los amigos cercanos tienen una influencia decisiva. La presión social, el deseo de pertenecer y la normalización del consumo pueden convertir el primer cigarro en una conducta aparentemente inofensiva.


Existen señales que pueden llamar la atención: olor persistente a tabaco en la ropa, envoltorios o cajetillas, cambios en el apetito, necesidad repentina de salir después de comer o modificaciones en la conducta cotidiana. Ninguna constituye, por sí sola, una prueba; todas justifican conversar.


La responsabilidad también corresponde a autoridades, comercios y comunidad. No basta con que existan normas si nadie supervisa su cumplimiento. Reducir el acceso implica vigilar la venta individual, sancionar cuando corresponda y fortalecer campañas preventivas dirigidas a adolescentes. La protección debe comenzar donde el primer cigarro resulta fácil de conseguir.


Prevenir exige acompañar, no solamente prohibir. Hablar desde edades tempranas, conocer los entornos de convivencia, evitar normalizar el consumo dentro del hogar y observar cambios de comportamiento son medidas fundamentales. Si queremos reducir el tabaquismo adolescente, debemos cerrar las puertas de acceso, pero también abrir espacios de diálogo. Porque proteger a nuestros adolescentes no significa esperar a que aparezca el problema: significa intervenir antes de que el primer cigarro se convierta en una dependencia.

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